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QUIJOTEANDO

Guerra mediática, palabras disfrazadas

Guerra mediática, palabras disfrazadas

Miguel Ángel Prieto Carrizo

Si en la guerra contra Irak existe un teatro de operaciones real, encarnado por una lucha a muerte entre los grupos insurgentes iraquíes y las tropas militares estadounidenses (quienes han perdido, según el diario El País de España, unos 3.000 soldados), en los medios de comunicación existe otro campo de combate no menos interesante: el uso que de la lengua se hace para justificar un etnocidio.

Cuando Woodrow Wilson fue elegido en 1916 como presidente de los Estados Unidos, bajo una plataforma electoral llamada Paz sin victoria, se dio comienzo a la primera operación moderna de propaganda: se creó la Comisión Creel para convertir a una población pacífica en otra guerrerista. De este modo el gobierno de Wilson logró involucrar a su nación en los predios de la Primera Guerra Mundial; y no sólo se inculcó en el imaginario social estadounidense la idea de guerra bajo el argumento falaz de preservar la paz mundial, sino que se creó un odio hacia todo lo que significara alemán.
Esa primera campaña mediática, terminado el conflicto bélico, se transformó después, como bien lo apunta el escritor estadounidense Noam Chomsky, en su ensayo “El control de los medios de comunicación”, en el Miedo Rojo: empresa dedicada a desfigurar la idea que se tenía de la reciente Unión Soviética, y a destruir en los Estados Unidos cualquier intento de sindicalización y agrupamientos políticos independientes a la doctrina del imperio emergente.

La Comisión Creel y el Miedo Rojo se convirtieron entonces en los motores de las relaciones públicas empresariales de los Estados Unidos a partir de 1920, se fortaleció el teatro de operaciones mediático de este país: sobrevino la Segunda Guerra Mundial y el concepto de propaganda se transformó en guerra psicológica. Con sus elementos de distorsión y manipulación, avanzó largos trechos hasta la guerra del Golfo Pérsico, en 1991, cuando el ejército estadounidense ejerció el control total de la información. Se erigió, por lo tanto, un aparataje ideológico destinado a justificar la guerra del bien contra el mal.

Irak: una fórmula repetida

La historia de la guerra contra Irak no revela nada nuevo. Empresas de medios como la cadena estadounidense CNN y el periódico The New York Times, como lo explicó el articulista Michael Massing en el New York Review of Books, se doblegaron a la política informativa de la Casa Blanca. Si bien otros medios como el Miami Herald y el Philadelphia Inquirer presentaron dudas sobres los argumentos esgrimidos por Washington para ir a una guerra, estos últimos periódicos no cuentan con la influencia que tienen CNN y el Times en ciudades como Washington y New York, claves para decidir la política nacional e internacional de Estados Unidos.

En esa línea también participaron cadenas como la BBC de Londres, apegada a la política del gobierno de Tony Blair; la televisora española TVE, denunciada en su momento por el sindicato español CCOO, por los vínculos que ésta guardaba con la política de Aznar; y la cadena privada Tele 5 de Italia (del ex primer ministro Silvio Berlusconi), acusada por su corresponsal en Irak de manipular y ocultar información.
Pero el asecho mediático no paró con la argumentación para conseguir una “guerra justa”. En la actualidad, el gobierno de Bush no goza de prestigio en su propio país, y el Pentágono trató de paliar la crisis moral con la publicación de cartas de soldados en 11 periódicos de Estados Unidos, en la que éstos explicaban que las condiciones de vida en las bases militares habían mejorado. Sin embargo, en el sitio Web Mundo Árabe no sólo se desmintió esta estrategia, sino que se presentó el caso de un soldado que aparece como firmante, pero que admite que nunca escribió tal asunto.
La guerra se hace con palabras

Antes y durante la guerra contra Irak, incluso en la guerra contra los talibanes en Afganistán, el presidente Bush ha recurrido a enunciados como “es la guerra del bien contra el mal”, “una batalla monumental entre el bien y el mal"; y en relación con el ataque a las Torres Gemelas dijo que era "un atentado contra la libertad y la democracia". Con esta dicotomía entre bien y mal no sólo justificó sus dos invasiones, sino que demonizó a todo aquel que no estuviese en su línea acción, para convertirlo así en “aliados del eje del mal”.

En el artículo “El uso de las metáforas en el discurso de la guerra”, publicado en Sala de Prensa, se explica con claridad cómo George W. Bush pretende instituirse como el paladín de la democracia moderna, utilizando para las operaciones de ataque en contra de Afganistán e Irak, vocablos relacionados con la libertad: Operación Libertad Duradera (Afganistán) y Operación Libertad de Irak.
Revisemos también la tan cacareada “guerra preventiva” incrustada en el discurso del poder político y militar, y en el discurso noticioso de la prensa internacional. Para Chomsky, la “guerra preventiva” es un eufemismo de agresión a voluntad, pues bajo esta doctrina Estados Unidos ataca a todo aquel que esté fuera de la democracia que él pregona. “Esta reacción, sin duda, ha elevado las probabilidades de que se recurra de nuevo a esa doctrina anunciada”, explicó el escritor estadounidense en la página Web Rebelión.

Y así entra en juego el discurso de la prensa, empañado por los cables de noticias internacionales que construyen enunciados eufemísticos con los cuales tratan de ocultar el horror de una guerra. Por ejemplo, cuando las tropas estadounidenses atacan un punto en específico en Irak, algunos medios reseñan los hechos como “ataques o asesinatos selectivos”. Pero, ¿qué ataque o asesinato selectivo puede ser justo? Desde el punto de vista sociolingüístico, con el adjetivo “selectivo” se busca atenuar la carga negativa del sustantivo “asesinato” o “ataque”, y de esta manera los muertos civiles dejan de ser importantes o las acciones militares menos criminales.

Ejemplos de este tipo de juego de palabras sobran en la prensa, si no analicemos un enunciado bastante familiar hoy: “daños colaterales”. Para el ejército estadounidense, los daños colaterales son aquellos relacionados con las muertes de civiles que no estaban previstos dentro de su estrategia militar; pero la prensa los reproduce como “daños colaterales” sin darle importancia a los verdaderos involucrados en los hechos.

Mientras tanto, se puede afirmar que existe un teatro de operaciones real en el que han muerto aproximadamente 150 trabajadores de la prensa, según reseña la Federación Internacional de Periodistas, sin contar con los asedios de Estados Unidos al sindicato de periodistas de Irak; y a la par, tenemos otro teatro alternativo en los medios, que con juegos de palabras como “daños colaterales”, “asesinato selectivo” o “fuego amigo” pretenden ocultar todo un desafuero militar que ha acabado con unos 25.000 civiles (cifras de la BBC de Londres para 2005), y con una de las cunas culturales de la civilización del mundo: Irak.

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