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QUIJOTEANDO

Somos más de OCHO

Somos más de OCHO

En Rostock los ricos caben en un sofá, los pobres son más pero no están convidados. Somos más de OCHO

Jorge Gómez Barata

Una de las consecuencias del modelo de desarrollo vigente es que los recursos del planeta no alcanzan para todos. La tarea del G8 es asegurar que alcancen para ellos y preservarlos de quienes quisieran compartirlos. La justicia distributiva no figura entre las virtudes de la globalización. Al club de los ricos corresponde el papel del can Cerbero, mientras los pobres son rehenes de aquel estilo de vida.

Si Brasil, México, Argentina, Indonesia, Pakistán, Bangladesh, Sudáfrica, Venezuela y Nigeria entre otros, se propusieran las metas, alcanzaran los ritmos de crecimiento de China y la India y decidieran imitar la sociedad de consumo occidental, el planeta colapsaría irremediablemente. No hay energía, agua ni materias primas para semejante eventualidad, la tierra no alcanzaría para construir autopistas, los vehículos no cabrían en las ciudades y el aire se volvería irrespirable.

Europa y los Estados Unidos no cuentan en su territorio ni con una mínima fracción de lo necesario para sostener sus dispendios. La escasez de energía los aterra y la dependencia de las existencias en el extranjero convierte a la superpotencia mundial en un Superman con pies de barro.

Tal vez Estados Unidos hubiera preferido opciones menos indoloras, pero el crecimiento incontrolable del consumo, sobre todo de energía, el inminente agotamiento de las fuentes tradicionales de hidrocarburos, agua dulce y madera, acompañadas por el auge del nacionalismo con aspiraciones desarrollistas y el desencadenamiento de procesos como el calentamiento global y los cambios climáticos, han revelado la urgencia de actuar vertiginosamente, no para evitar el desastre como para administrarlo e intentar sobrevivirlo.

La quiebra de la Unión Soviética y luego el 11-S, proporcionaron el escenario para poner en marcha el «Plan B», encaminado a acelerar el establecimiento de la hegemonía mundial. Ante la coyuntura, el imperio y sus clientes europeos, no vacilan en echar mano a los recursos necesarios para sostener sus estándares, sin importar dónde se encuentren, de qué modo se adquieren ni a qué precio. Lo inadmisible para el imperio es la vulnerabilidad y la incertidumbre.

Las tropas fueron a Irak por el petróleo y más tarde o más temprano, con una u otra excusa atacarán a Irán y tratarán de derrocar a Hugo Chávez y detener la Revolución Bolivariana.

Derribar gobiernos e incluso exterminar poblaciones no es un obstáculo que los inhiba y sus fronteras éticas son extraordinariamente flexibles.

En la realización de sus objetivos estratégicos, el exclusivista Club de los Ocho países más ricos del planeta está unido, no sólo por el pragmatismo de sus elites y sus gobiernos, la integración al sistema de la clase media de donde otrora surgieron las vanguardias políticas y culturales, la complicidad del mundo académico y científico y la frivolidad con que la mayoría de los habitantes de los países ricos, asumen las posiciones de sus gobernantes.

Las enérgicas demostraciones de los activistas del movimiento antiglobalización, rudamente reprimidas en todos los escenarios, no encuentran el eco necesario en los sectores académicos, intelectuales y científicos como tampoco, excepto magnificas excepciones, se asumen posiciones críticas respecto a proyectos como la conversión de alimentos en combustibles.

En esas demenciales empresas, los países imperialistas cuentan además con el entusiasmo de las oligarquías nativas que se benefician con la posibilidad de colocar nuevas producciones en los mercados externos, relanzando sus esquemas agroexportadores, mientras continúan ignorando las necesidades de sus poblaciones. Algunos elementos no oligárquicos, incluso de izquierda, son confundidos por la posibilidad de un crecimiento económico estructuralmente anómalo y deficiente.

El modelo de sociedad impuesto por los países ricos al Tercer Mundo no se refiere exclusivamente a los estilos de vida de las sociedades de consumo, sino a onerosas cargas determinadas por el orden internacional vigente. Ni China ni India han podido evadir enormes gastos en armamentos, determinados por enrarecidas situaciones a las que los Ocho no han prestado la debida atención ni realizado esfuerzo alguno por solucionar.

Si cada país que avanza por la senda que debiera conducir al bienestar de sus poblaciones, es obligado por realidades exógenas a invertir en armas, bombas y cohetes y llevar a la órbita sus propios satélites de comunicaciones y defenderse de las maniobras desestabilizadoras de la reacción mundial, tal como ocurre hoy con Venezuela, el camino se hará más difícil y para muchos prohibitivo.

Lo más sencillo en la reunión del G8 es la foto oficial: los ricos caben en un sofá; los pobres son más pero no están convidados.

Paraísos del mal

Paraísos del mal

Mike Davis

Reproducimos a continuación el prefacio de Mike Davis al libro colectivo Evil Paradises, compilado por él y por Dan Monk (The New Press, Nueva York, en prensa). El libro tiene un capítulo del propio Mike Davis sobre Dubai (“Un paraíso neoliberal siniestro”)

Una máxima de estirpe brechtiana: toma pie, no en las viejas cosas buenas, sino en las malas cosas nuevas. (1)

Paraísos del mal reúne los holgados horizontes de experiencia e imaginación de veinte veteranos académicos, escritores y activistas, a fin de responder una sencilla pero crucial cuestión de nuestra época: ¿A qué futuro nos lleva un capitalismo salvaje, fanático? O, por plantear la misma cuestión de otra manera: ¿Qué nos dicen los actuales “sueños” de consumo, propiedad y poder sobre el destino que le aguarda a la solidaridad humana? Estos estudios de casos exploran las nuevas geografías de la exclusión y los nuevos paisajes de riqueza aparecidos en la larga oleada “globalizadora” que dura desde 1991. Nos centramos especialmente en casos en que –de Arizona a Afganistán— el éthos del Atlas encogido y del ganador-se-lo-lleva-todo corre sin la brida de uno que otro resto de contrato social y sin el estorbo de fantasma alguno del movimiento obrero; en que los ricos pueden pasear como dioses por los jardines de pesadilla de sus más hondos y secretos deseos.

Son lugares hoy sorprendentemente comunes (si podéis pagar el billete de admisión), y la codicia utópica –en la figura de Paris Hilton, Bernie Ebbers o Donald Trumpp— satura la cultura popular y los medios de comunicación electrónicos. Nadie se sorprende de leer que hay millonarios capaces de gastar 50.000 dólares para clonar a sus gatos domésticos, o un millonario dispuesto a pagar 20 millones de dólares por unas breves vacaciones en el espacio. Y si un peluquero londinense tiene clientes encantados de pagar 1.500 dólares por un corte de pelo, ¿por qué no debería venderse un lupanar en Hamptons por 90 millones de dólares o haber ganado Lawrence Ellison, ejecutivo de Oracle, 340.000 dólares por hora en 2001? Lo cierto es que hay tanta hipérbole en la cobertura mediática de los estilos de vida de millonarios y celebridades que apenas si queda capacidad para asombrarse ante estadísticas tan extraordinarias como la que acaba de informarnos de que el 1% de los norteamericanos más ricos gastan tanto como los 60 millones de norteamericanos más pobres; o de que 22 millones de empleos fabriles han sido sacrificados al altar de la globalización entre 1995 y 2002 en las 20 economías más grandes del planeta; o de que los individuos ricos refugian actualmente la asombrosa cantidad de 11.5 billones de dólares (diez veces el PIB anual del Reino Unido) en paraísos fiscales.(2)

Es corriente ahora, salvo tal vez en las páginas del Wall Street Journal, referirse a esta nueva y superlativa Edad de Oro –excrecencia de la contrarrevolución global contra la ciudadanía social desencadenada por Margaret Thatcher, Ronal Reagan y Deng Xiaoping a comienzos de los 80, y continuada por Tony Blair, Bill Clinton, Boris Yeltsin y Li Peng en los 90— como la del reinado del “neoliberalismo”. El capitalismo tardío resurgente, se nos dice, ha triunfado allí donde todas las religiones del mundo fracasaron: ha logrado finalmente unificar a la humanidad toda en un simple cuerpo imaginario, el mercado global. Termina la historia y empieza el reino de la libertad (personal, no colectiva). ¿O no? El neoliberalismo, como nos advirtiera elocuentemente Pierre Bourdieu, es en la actualidad una utopía autoritaria, contradictoria ciertamente con una descripción científica de la realidad y de la naturaleza humana, pero que, a diferencia de otras utopías anteriores, está en posesión de unos inmensos medios de coerción, “capaces de tornarla verdadera”. Es nada menos que “un programa de metódica destrucción de colectivos”, desde sindicatos y ciudades industriales hasta familias y pequeñas naciones.(3)

Además, como muestra Timothy Mitchell en el estupendo –y estupefaciente— ensayo sobre el supuesto “milagro del libre mercado” en Egipto que abre este volumen, la hegemonía de las políticas neoliberales tiene poco que ver con mercados autorreguladores, con oferta y demanda, o siquiera con la “economía” entendida como categoría autónoma. El neoliberalismo no es la Riqueza de las naciones 2.0, ni un cobdenismo [derivado de Richard Cobden, el famoso empresario textilero, campeón del libre comercio en el Manchester de la primera mitad del XIX; N.T.] de nuestros días, capaz de sanar las heridas del mundo merced al libre comercio pacífico; y desde luego, no es el advenimiento de la utopía de un mercado sin estado fabulada por Friedrich von Hayek y Robert Nozick. Al contrario: lo que ha venido a caracterizar el largo boom experimentado desde 1991 (o desde 1981, si lo preferís) ha sido el empleo masivo, desnudo, del poder estatal con objeto de elevar la tasa de beneficio en favor de grupos de amiguetes, de gángsteres millonarios y de ricos en general. Como uno de nosotros escribiera hace ya más de una generación a propósito del programa económico de Reagan:

“Aun cuando la retórica de las varias campañas y rebeliones fiscales que allanaron el camino de Reagan al poder era vigorosamente antiestatista, la real intención programática iba en la dirección de reestructurar, más que de disminuir, los gastos y la intervención del estado, a fin de ensanchar los horizontes de las oportunidades empresariales y rentistas. Las exigencias típicas, explícitas o tácitas, eran: liquidación acelerada de subsidios, mercados inmobiliarios especulativos desembridados y urbanización y construcción a toda máquina, subcontratación de servicios públicos, transferencia de recursos fiscales de la educación pública a la privada, rebaja de los salarios mínimos, abolición de las normas de salud y seguridad obligatorias para las pequeñas empresas, etc.”. (4)

El papel central del poder del estado, más que el de los mercados libres, halla irónicamente su más espectacular expresión en el programa neoliberal de masiva privatización de los bienes y recursos públicos, subcontratación del empleo público (que ahora incluye hasta hacer la guerra) y desregulación de los mercados financieros. Digan los libros de texto académicos lo que quieran sobre innovación tecnológica inducida por el beneficio y sobre la mano invisible del comercio, lo cierto, como ha puesto correctamente de relieve David Harvey, es que “los logros capitales del neoliberalismo han sido redistributivos, más que productivos o creativos” .(5) Ha sido nada menos que un poder político corrupto, con información reservada disponible, el que ha puesto en almoneda los bienes globales comunes ofreciéndolos a una banda de esquilmadores con nombres y apellidos: la Halliburton de Dick Cheney, Boeing, Blackwater, la Telmex de Carlos Slim, Yukos, el imperio de Abramovich, la China Internacional Tourist and Investment Corporation de Larry Rong Zhijan, el Fininvest de Silvio Berlusconi o la News Corporation de Rupert Murdoch. Esa fusión en frío de crimen, política sucia y capital resulta convenientemente celebrada por la conversión de lo que otrora fueran sumideros de muchedumbres (Dubai, Las Vegas, Miami y aun Medellín –véase el ensayo de Forrest Hylton—) en ascendentes iconos globales del nuevo capitalismo.

Ello es que una desigualdad dinámica que no deja de crecer constituye el verdadero motor de la economía contemporánea, no su inopinada consecuencia. Las clásicas economías de consumo “Fordista” de masas de los años 50 y 60, reguladas mediante negociaciones colectivas y un reparto estable de las ganancias de productividad entre capital y trabajo, han sido reemplazadas (al menos en los países anglosajones) por lo que un equipo de investigadores del Citigroup ha venido en llamar plutonomías: economías en las que los ricos son los “principales promotores de la demanda”, absorbiendo la crema y la nata de los incrementos de productividad y de los monopolios tecnológicos, para luego gastar su acrecida participación en la riqueza nacional lo más rápidamente posible en bienes y servicios de lujo. Los días de champán del Gran Gatsby han vuelto. Con una venganza. En la medida en que la participación en la renta nacional del uno por ciento más rico de los norteamericanos se disparó de un 8% en 1964 a un 17% en 1999, su tasa de ahorro se desplomó (del 8% en 1992 a un menos 2% en 2000): lo que significa que están consumiendo “una fracción aún más grande que su hinchada, crecidísima, porción en la economía.” (6)

Internacionalmente, esta borrachera de gastos por parte de individuos en la cúspide de la riqueza ha venido en recambio de la profundización de los mercados (la expansión de las capacidades de consumo de las masas) como pistón principal de la expansión económica. Las empresas de elite que tradicionalmente se limitaban a hurgar en la superficie de los muy ricos –Porsche, Bulgari, Polo, Ralph Lauren, Tiffany, Hermes, Sothebys, etc.— no dan ahora abasto en la apertura de nuevas sucursales en Shangai, Dubai y Bangalore. Al mismo tiempo, botines de rapiña asombrosamente grandes procedentes del Tercer Mundo truecan día sí y otro también en edificios urbanos en Manhatan, manzanas urbanas en Londres, yates en Cayo Vizcaíno o haciendas rurales en Irlanda. “Desapoderados beneficiarios de la globalización, los nuevos empresarios/plutócratas del mercado (oligarcas rusos, magnates agrarios o industriales chinos, mogules hindúes del software, barones latinoamericanos del petróleo y/o la agricultura), diversifican lógicamente sus inversiones entrando en los mercados de bienes de las plutonomías desarrolladas”. Han contribuido a hinchar esa burbuja inmobiliaria de 30 billones de dólares que, centrada en los países más neoliberales, representa la acumulación más masiva y peligrosa de capital no-productivo, ‘ficticio’, de la historia universal. “La Tierra”, así concluyen los investigadores del Citigroup, “está sostenida por los musculosos brazos de sus empresarios-plutócratas, nos guste o no”. Y los ricos se harán más ricos, “porque la masa de trabajo [de bajo coste] disponible contiene la inflación” (7)

¿Quiénes son esos “musculosos” héroes plutonómicos? El equipo de Citigroup reproduce una devastadora tabla (compuesta a partir de datos de su propia investigación y del Survey of Consumer Finance), que perfila el regreso de una topografía de la desigualdad económica digna de una nueva era de los Barones Ladrones [el grupo de archirricos que se formó en EEUU al terminar la Guerra Civil, y que marcó con una impronta singular la llamada Era de la Codicia en el último tercio del XIX; N.T.]: (8)

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Ingreso familiar medio anual en EEUU. 2004

10% más rico $302,100

siguiente 10% 106,000

siguiente 20% 69,100

siguiente 20% 43,400

40% más pobre 18,500

Globalmente, el World Wealth Report (2005) de Merrill Lynch & Co. revela que cerca de mil milmillonarios y casi diez millones de millonarios (en valor neto, sólo teniendo en cuenta la propiedad inmobiliaria) dominan la pirámide social, y en 2009 dispondrán, según se estima, de unos 42,2 billones en bienes. Son ellos quienes generan el mercado de los superjuguetes, como el millón doscientos cincuenta mil Buggati Veyrons (irónicamente producidos por Volkswagen) y los megayates de 200 pies de largo. Aun si el grueso de los hogares archirricos está en Norteamérica (unos 3 millones de millonarios), los secuaces de la fórmula de Deng Xiaoping –“hacerse rico es glorioso”— constituyen ahora el tercer segmento más grande del mercado del lujo (cerca de un 11%), y se estima que hacia 2014 superarán a norteamericanos y japoneses en materia de consumo suntuario.(9) (La revista que distribuye Air China en sus aviones es famosa por su plétora de anuncios de “Mansiones en los bosques vieneses”, “Mansiones en la pura hermosura de campos de golf”, “Mansiones mediterráneas con encanto”, y aun una “mansión intelectual” diseñada por un arquitecto canadiense.) Los nuevos imitadores rusos de los Romanov, entretanto, hacen cola en las afueras de San Petersburgo para pujar por “cinco palacetes, hechuras de famosas residencias de monarcas británicos, franceses y rusos”. (Una parecida nostalgia de los Habsburgos lleva también, según Judit Bodnar, a los ricos neoliberales húngaros a regresar a las tinieblas de la decoración granburguesa eduardiana.)

Pero el grueso del mundo contempla el gran atracón sólo por televisión: la riqueza actual y el consumo de lujo están más protegidos por vallas y más encapsulados socialmente que nunca desde 1890. Como nuestros estudios de casos ponen una y otra vez de relieve, la lógica espacial del neoliberalismo (cum plutonomía) es una reviviscencia de las más extremadas pautas colonialistas de segregación residencial y de consumo zonal. Por doquier, los ricos y los casi ricos se retiran a complejos suntuarios, ciudades de ocio y réplicas valladas de imaginarias periferias residenciales californianas (véanse los capitulos de Marina Forti, Laura Riggieri, Rebecca Schoenkopf, Marco d’Eramo y Anne-Marie Broudehoux). Los “extramundos” publicitados en los cielos apocalípticos del Los Ángeles de Bladerunner están ahora prontos y listos para su ocupación, desde Montana hasta China. Paralelamente, una demonizada subclase criminal –como explica Patrick Bond en su ensayo sobre Johanesburgo— asoma tras la verja por doquier (a veces, poco más que a modo de simbólicos chalanes de jardín), suministrando una muy oportuna justificación de la retirada y fortificación de los estilos de vida entregados al lujo.

Esa secesión espacial y moral sin precedentes de la riqueza respecto del resto de la humanidad se expresa también en las actuales modas de monasticismo audiovisual (Sara Lipton), estados-ciudad flotantes (China Mieville), turismo al espacio exterior, islas privadas, monarquías restauradas y tecnoasesinatos a distancia (Dan Monk). Los archirricos pueden también retirarse, autoendiosados pero aún vivitos y coleando, a sus mausoleos de mármol (véase la contribución de Joe Day sobre los museos personales), o comprarse dos millones de acres de tierras rancheras y “rescatar la Naturaleza” en solitario (véase el artículo de Jon Wiener sobre los bisontes de Ted Turner). Cuando los ricos carecen del poder o de la masa crítica necesarios para crear nuevas ciudades del lujo (como en Arg-e Jadid en Irán) o para “gentrificar” de arriba a abajo viejas capitales (como Londres o París), pueden todavía “desincrustarse” de la matriz de la vida popular urbana mediante la creación de sistemas separados de transporte y seguridad (como en la Managua descrita por Dennis Rodgers), o mediante la radical supresión del derecho de los pobres al uso incondicional de la vía pública (como en la sentencia de la Corte Suprema de EEUU en el caso Hiks descrito por Don Mitchell). En el Kabul postalibán (descrito por Anthony Fontenot y Ajmal Maiwandi), se limitan simplemente a expulsar a los pobres para construir sus palacios: una exhibicionista arquitectura de señores de la guerra y el narcotráfico, que apela a Walt Disney no menos que a Gengis Khan.

No es esto otra cosa que un frenesí utópico, y el incipiente siglo XXI, con su moda global de los paraísos del mal (de los que acaso sea Dubai el más notable y sinistro ejemplo) recapitula muchos de esos anhelos míticos e imposibles que Walter Benjamin descubrió en su celebrada excavación del París de Baudelaire. Con la teoría marxiana del fetichismo de la mercancía como su particular piedra Roseta, Benjamin desveló el misterio de la ciudad capitalista embrujada, en la que la colectividad humana, abrumada por sus propias e ingentes capacidades productivas, rinde alucinada su ser social al torbellino de una “vida fantaseada de objetos”. Mas las realidades invertidas y la falsa consciencia de la era victoriana han crecido ahora hasta alcanzar proporciones himaláyicas, amenazadoras de la vida. Si las galerías de hierro y cristal de mediados del siglo XIX eran los bosques encantados de un capitalismo incipientemente consumista, los actuales ambientes de lujo temático –con sus centros comerciales gigantescos, sus islas artificiales hechas barrios residenciales, sus falsos “centros de estilo de vida” en los núcleos urbanos— funcionan como planetas alternativos para formas de vida humana privilegiadas. Esos mundos de fantasía inflaman deseos –deseos de consumo infinito, de exclusión social total, de seguridad física, de monumentalismo arquitectónico— manifiestamente incompatibles con la supervivencia ecológica y moral de la humanidad.

Por lo demás, los paraísos monstruosos suponen siempre unos antípodas con olor a azufre. En su densa y despiadada crítica de 1935 a la segunda versión del “Proyecto de Galerías” de Benjamin (el opúsculo conocido como “París, capital del siglo XIX), Theodor Adorno atacó a Benjamin por haber “descartado la categoría del infierno descubierta en la primera versión”. El “infierno”, venía a decir Adorno, era clave tanto para el “lustre” cuanto para la “coherencia dialéctica” del análisis de Benjamin. “Hay que regresar al lenguaje de la espléndida primera versión de las Galerías”, regañaba Adorno, porque “si la imagen dialéctica no es sino un modo de aprehender el carácter de fetiche en la consciencia colectiva, entonces la concepción saintsimoniana del mundo mercantilizado como utopía puede, ciertamente, ser desvelada, pero no su reverso, la imagen dialéctica del siglo XIX como infierno. Pero sólo este último podría poner en el sitio que le corresponde la imagen de la Edad de Oro...”.(10)

Análoga apostilla dialéctica cabría para los paraísos de nuestra nueva Edad de Oro. Brecht, “contemplando el infierno” (en la tradición del Shelley enfrentado a la asombrosa riqueza y a la inmundicia de Londres) decidió que el infierno “debe ser más bien como Los Ángeles”. Muchos de los “mundos de ensueño” descritos en las páginas que siguen son, de hecho, réplicas de Los Ángeles, o al menos, del “estilo de vida de California”; un ideal global fantasmagórico que los nuevos ricos persiguen con idéntico celo desesperado en Irán, en las colinas de Kabul o en las valladas periferias residenciales de El Cairo, Johannesburgo y Pekín. Pero, lo mismo que en el autóctono Los Ángeles, el infierno y el megacentro comercial no son sino autopista que corre separada. Porque las Auténticas amas de casa del Condado de Orange, como sus equivalentes en el falso “Palm Springs” de Hong Kong o en las comunidades valladas neohabsbúrguicas de Budapest, explotan el trabajo de muchachas que viven en conurbaciones miserables, o aun hacinadas en gallineros improvisados bajo el tejado de las grandes mansiones. La fantasmagoría al estilo Metropolis de los superrascacielos de Dubai o de las megaestructuras olímpicas de Pekín salen del sudor de trabajadores migrantes, cuyos propios domicilios no son sino fétidas barracas y desoladoras acampadas. Vistas las cosas con suficiente perspectiva, los brillantes archipiélagos de lujo utópico y los “estilos de vida supremos” son meros parásitos de un “planeta de ciudades miseria”.

Y precisamente porque el precio del “paraíso” es la catástrofe humana, no podemos compartir el optimismo de Benjamin sobre la redención histórica lograble a través de los aspectos “genuinamente” utópicos de esas fantasías. No hagamos burla de nosotros mismos: estos estudios cartografían las etapas finales, no anticipatorias, de la historia de la modernidad tardía. Amplían nuestra comprensión de lo que Luxemburgo y Trotsky tenían en la cabeza cuando plantearon la disyuntiva de “socialismo o barbarie”. En realidad, vistos en conjunto, esos reductos ociosos son testigos de la resignación con que la humanidad despilfarra el tiempo prestado en que ahora vive. Si Benjamin evocaba una sociedad que “se soñaba despierta”, esos fantasiosos mundos áureos carecen de reloj despertador; son formas arbitrarias y narcisistas de evadir las tragedias que se ciernen sobre el planeta. Los ricos buscan simplemente esconderse en sus castillos y en sus televisores, tratando desesperadamente de consumir todas las cosas de la tierra en el curso de sus vidas. En realidad, por su misma existencia, las pistas de esquí cubiertas de Dubai, como las manadas de bisontes privados de Ted Turner, representan esa astucia de la razón, mediante la cual el orden neoliberal reconoce, a la par que rechaza, el hecho de que la actual trayectoria de la existencia humana es insostenible.

NOTAS: // [1] ‘Diary Entries, 1938’ (August 25), in Walter Benjamin, Selected Writings: Volume 3 (1935-1938), The Belknap Press, Harvard, Cambridge 2002, p. 340. // 2 Arjay Kapur, Niall Macleod, and Narendra Singh, Plutonomy: Buying Luxury, Explaining Global Imbalances, Citigroup Research, 16 October 2005, pp. 2; Robert Reich, “The New Rich-Rich Gap,” CommonDreams.org, 12 December 2005 (factory jobs); and Nick Mathiason, “Super-rich hide trillions offshore,” The Observer, 27 March 2005. // 3 Pierre Bourdieu, “The essence of neoliberalism,” Le Monde diplomatique, December 1998. // 4 Mike Davis, “The Political Economy of Late-Imperial America,” New Left Review I-143, Jan.-Feb. 1984. // 5 David Harvey, “Neo-liberalism and the restoration of class power,” in his Spaces of Global Capitalism, Verso, London 2006, p. 43. // 6 Plutonomy: Buying Luxury, pp. 3, 6 and 13. // 7 Ibid, pp. 13 and 21; and Revisiting Plutonomy: The Rich Getting Richer, Citigroup Research, 5 March 2006, p. 3. // 8 Revisiting Plutonomy, p. 3. // 9 “Luxury,” Special Christmas Report, The Economist, 34 December 2005, p. 67. // 10 “Exchange with Theodore W. Adorno” in Benjamin, Selected Writings 3, pp. 54-55

Recordando el Mayo Frances

Recordando el Mayo Frances

Al recordar los días de furia y creación de Mayo de 1968, en Francia, no se trata de memorar una romántica actitud juvenil desconectada de la realidad sino de bucear en un fenómeno que trascendió a sus propios actores, se universalizó y ha quedado planteado como generador de ideas que miran mas al siglo XXI que al XIX.

Aquella rebelión estudiantil y obrera conmovió al gobierno de Charles De Gaulle -que parecía asentado sobre bases muy firmes-, sacudió la modorra ideológica que envolvía a las naciones centrales durante la Guerra Fría y planteó interrogantes como también afirmaciones movilizadoras.

Los jóvenes que iniciaron en Nanterre el movimiento ignoraban que había desencadenado un movimiento que dejaría una huella muy honda en la sociedad contemporánea. Fue un fenómeno muy parecido a la Comuna de París de 1871, sublevación proletaria que cuajaría, medio siglo después, con la Revolución Rusa.

Los ideólogos del Mayo Francés, entre ellos Herbert Marcuse y Jean Paul Sartre, plantearon cuestiones novedosas que no se encontraban en el Diamat soviético ni en los criterios reformistas de la socialdemocracia. Impulsaron la necesidad de una alianza entre las clases subalternas con la inteligencia universitaria, dejando de lado los "clasismos" abstractos. Se rechazó como deshumanizadora a la tecnocracia, abjurándose de las burocracias de todo tipo. Fue proclamada la libertad de amar dejando de lado prejuicios anacrónicos, cambió las costumbres en la sociedad civil, se constituyó en el detonante de la liberación femenina y de la defensa de la ecología y el medio ambiente y previó un cambio social anticapitalista de contenido antiestatista y autogestionario, descentralizador y democrático.

Los hechos

La Facultad de Humanidades de Nanterre tenía cinco años de vida reuniendo a 14.000 estudiantes, en su mayoría franceses pero también procedentes de otras naciones europeas. Reivindicaciones inmediatas de los estudiantes encenderán la mecha de la rebelión. En abril de 1968 los estudiantes se reunieron en mítines muy numerosos bautizándose el anfiteatro con el nombre de "Che Guevara".

Lo curioso fue que desde el primer momento tanto los comunistas de matriz soviética como los viejos socialistas, miraron con desprecio y preocupación a esos estudiantes "revoltosos" calificando a sus dirigentes de "aventureros". Temían que los disturbios les hicieran perder votos en las clases medias.

El 19 de abril, 2000 estudiantes se congregan en el Barrio Latino para repudiar el atentado criminal contra uno de los líderes de la rebelión juvenil europea, el alemán Rudi Dutschke, conocido en la prensa mundial como "Rudi el rojo". Otro alemán, Daniel Cohn-Bendit, aparece liderando las manifestaciones francesas y el Movimiento 22 de Marzo. El 27 de abril, Cohn Bendit es detenido por la policía y al día siguiente, los comités "Vietnam de base"desmantelan una exposición del gobierno de Vietnam del Sur. El grupo fascista "Occidente", una especie de Triple A francesa, comete varios atentados y ataques contra los estudiantes pero cuando las masas salen a las calles, su actividad desaparece.

La semana rabiosa duró desde el 3 al 15 de mayo. Fueron trece días que conmovieron al mundo. Los primeros grupos políticos que se adhirieron fueron las Juventudes Comunistas Revolucionarias (maoístas), el Partido Socialista Unificado -pequeña agrupación de la nueva izquierda- y núcleos anarquistas extraparlamentarios y trotskistas. Los manifestantes tomaron las casas de estudio, amenazaron a los ayuntamientos y oficinas públicas, y gritaban consignas como: "¡Muera la represión!", "¡Liberen a nuestro camaradas!", "Gaullismo-dictadura". El gobierno sostuvo que se trataban de "agitadores". El Partido Comunista dejó de atacar a los rebeldes. Los sindicalistas comenzaron a mirar con interés a los jóvenes que se acercaban a las fábricas a confraternizar con los obreros y empleados.

El 6 de mayo, 600.000 estudiantes entraron en huelga en toda Francia efectuando un llamamiento para una huelga general. La violencia se generalizó en el Barrio Latino, especialmente en la plaza Maubert. Hay guerra de posiciones. De un lado 10.000 estudiantes; del otro, la policía militarizada. Los heridos y detenidos se van sumando en enormes cantidades. El 7 de mayo hay estado de sitio en el Barrio Latino y se suman al movimiento miles de estudiantes de los colegios secundarios (liceístas). Los Comités de Acción de Liceos y el Movimiento 22 de marzo, por la tarde, comienzan una "larga marcha" de 25 kilómetros que atraviesa toda la ciudad. Son 40.000 estudiantes disciplinados, que enarbolan banderas rojas y negras y cantan "La Internacional" al pasar por los Campos Eliseos y el Arco de Triunfo.

El 8 de mayo, "L'Humanité" (Periódico del P.C Frances) acusa al Gobierno y los diputados comunistas reclaman una amnistía. La CGT y la CFDT se pliegan a los estudiantes. Lo mismo intelectuales como Jean Paul Sartre y los Premios Nóbel de medicina Alfred Kastler y Jacques Monod. Se forman comités libres de estudiantes que comienzan a autogestionar las universidades. Los estudiantes desbordan a la policía y llegan a la Sorbona. El escritor comunista Louis Aragón, se solidariza con los rebeldes pero es recibido con silbidos por los estudiantes. Entre el 10 y el 11 de mayo se formaron barricadas en torno de las Universidades y varios millares de jóvenes obreros manifestaron su apoyo a los estudiantes, desobedeciendo a la dirigencia burocrática de los sindicatos.

El 12 de mayo, se reunieron dirigentes estudiantiles y de las centrales sindicales y el lunes 13, un millón de personas -la manifestación mas grande desde la Liberación- desfilaron a través de la ciudad al grito de "Pompidou al inodoro", "De Gaulle asesino" y "Gobierno popular". No hay policías ni militares. El poder paseaba por las calles de París.

El 14, manifestaciones estudiantiles y grupos de acción parten hacia las fábricas proclamando: "Los obreros deben tomar la bandera de lucha de nuestras frágiles manos". El miércoles 15; 200 obreros jóvenes toman la fábrica Renault. Al día siguiente, la mayoría de los operarios se pliega a la ocupación y proclaman "la Nanterre obrera". En pocos días y sin ninguna coordinación de los sindicatos, Francia quedó absolutamente paralizada: diez millones de obreros se lanzaron a la huelga general.

Para esa época, el movimiento parisino se extendió a los Estados Unidos, Berlín, Madrid, Roma, Tokio, Estambul, Belgrado, Río de Janeiro, Montevideo, Córdoba y Rosario, Ciudad de México y otras ciudades y regiones.
El ensayo general quedó en eso al no existir ninguna conducción política. En las elecciones posteriores el heredero del antigaullismo fue el candidato único de la alianza socialista-comunista: François Mitterrand. Los años posteriores demostrarían, aun con los socialistas en el gobierno, que la revolución del Mayo Francés había languidecido en manos de las burocracias partidarias. Pero donde hubo fuego, cenizas siempre quedan.

Erik Hobsbawm. Historia del siglo XX

Erik  Hobsbawm. Historia del siglo XX

La obra mas importante de Hobsbawm ha sido tal vez el panorama de la historia del mundo contemporáneo realizado en los cuatro volúmenes de sus 'eras', que abarcan desde 1789, con La era de la revolución, hasta la era de los contrastes, de la que se ha ocupado en su Historia del siglo XX una obra donde se nos muestra, a la vez, como testigo y como cronista de su tiempo. Hobsbawm consiguió trazar un panorama que no solo tomaba en cuenta la política y la economía, sino el cambio social, la tecnología o la cultura. Ello permite explicar el éxito universal del libro y, a la vez, las razones que llevaron a preparar esta Entrevista sobre el siglo XXI, que es algo así como una reflexión final sobre el siglo que el historiador ha vivido y estudiado, y que de algún modo viene a completar la Historia del siglo XX, tratando de extraer de ella reflexiones que sirvan, no para predecir lo que ha de ocurrir en el próximo siglo, que esa es tarea para astrólogos y no para historiadores, sino para ayudarnos a asentar nuestros proyectos y nuestras esperanzas en un sólido conocimiento de la realidad actual. Podría decirse que Entrevista sobre el siglo XXI recapitula el conjunto de las 'eras' de Hobsbawm, y muy en especial la ultima, y nos enseña a leerlas con una perspectiva de futuro.

La crisis mundial del capitalismo

La crisis mundial del capitalismo

Por: Jorge Rossel

Las bases fundamentales del crecimiento económico estadounidense, a diferencia de otras épocas históricas, no son saludables. Es cierto que los beneficios en 2006 de la gran banca, los fondos de inversión y las empresas manufactureras han mantenido tasas elevadas. Sin embargo, una parte nada despreciable de estos resultados lo representan los ingresos financieros de las empresas, derivados de la venta a crédito y la concesión de hipotecas. Por ejemplo, la gran banca norteamericana recaudó en 2006 entre el 30-40% del total de las ganancias empresariales del país, cifra inusitadamente elevada comparada con el 10-15% que obtenía en el periodo de 1950 a 1960 y que confirma la aseveración de Lenin respecto al completo dominio del capital financiero en la época imperialista.

Por otra parte, el incremento de las adquisiciones y fusiones de empresas, que en el año 2006 movieron cerca de 1,2 billones de dólares igualando el récord del año 2000, también están detrás de estos abultados resultados. Los activos de las empresas se engordan gracias a la contabilidad de las acciones cotizadas, que siempre se disparan ante estos movimientos especulativos, pero el valor en bolsa de las empresas no tiene mucho que ver con su valor real, ni con su patrimonio o con su volumen de producción y venta. Es lo que tienen las burbujas financieras, que las expectativas de negocio atraen como un poderoso imán a los capitales ociosos. En estos momentos existen cinco billones de dólares en fondos de inversión que se mueven todos los días en el mercado buscando oportunidades de negocio y que gobiernan el destino de millones de hombres y mujeres.
Vientos de recesión

Las alarmas sobre la recesión mundial han sido activadas recientemente por uno de los gurús de la "ciencia económica estadounidense", el ex presidente de la Reserva Federal Alan Greenspan. En una conferencia pronunciada en Hong Kong en marzo de este año, Greenspan afirmó sin rodeos: "En Estados Unidos los márgenes de beneficio han comenzado a estabilizarse, lo que supone un signo inicial de que estamos en la parte final de un ciclo. Es posible que podamos sufrir una recesión en los últimos meses de 2007, aunque la mayor parte de los analistas no están haciendo esta valoración, sino que, en realidad, sólo prevén para 2008 cierta ralentización". Razones no le faltan al ex presidente de la Fed para realizar semejante advertencia. Y no es el único.

Según el informe anual de la ONU, World Economic Situation and Prospects 2007 - Situación y perspectivas para la economía mundial 2007, una caída moderada de los precios del sector inmobiliario puede ralentizar el crecimiento de la economía estadounidense a una tasa de 2,2 por ciento en el 2007. Pero el mismo informe también advierte que existe la posibilidad de que una reducción más dramática en el precio de la vivienda en Estados Unidos de, por ejemplo, el 15%, tenga profundas repercusiones. Una caída semejante, indica el informe, "no sólo cortaría el crecimiento estadounidense a un ritmo por debajo del 1% en el 2007, sino que también reduciría de manera importante el crecimiento económico mundial en por lo menos un punto porcentual". Esta posibilidad, que el semanario británico The Economist viene señalando desde hace años, puede provocar una crisis de grandes dimensiones, incluso de riesgo de crac, en los mercados financieros.

Las líneas contenidas en el citado informe, que fue presentado a principios de año, quedaron confirmadas el miércoles 14 de marzo con la caída de la bolsa mundial. La crónica del diario El País en su edición del día después no alentaba al optimismo: "Nerviosismo y miedo a una recesión en EEUU. Estos fueron los sentimientos que dominaron ayer a los inversores, que dieron muchas órdenes de venta y provocaron la segunda mayor caída del año del IBEX 35, el 2,7% (…) El crecimiento de la morosidad hipotecaria de EEUU, que ha llegado al 4,6%, podría provocar una caída del consumo y acelerar una recesión".

La concesión de cientos de miles de millones de dólares en hipotecas en los EEUU durante los últimos años, gracias a los bajos tipos de interés, ha impulsado vigorosamente al sector de la construcción y el florecimiento de cientos de miles de empleos, hasta el punto de que cuatro de cada diez puestos de trabajo creados en EEUU en los últimos diez años están relacionados con el sector inmobiliario. Pero al mismo tiempo este fenómeno ha provocado un endeudamiento de las familias sin precedentes y un riesgo de impagos que amenazando al sistema bancario afectaría al conjunto de la economía. En poco más de un año, 36 entidades bancarias norteamericanas especializadas en créditos hipotecarios han quebrado y desaparecido del mercado. Un escenario que se puede repetir en el Estado español de una manera aún más dramática.

Para apreciar el enorme riesgo en que se encuentra este sector baste un dato: el valor de las hipotecas en los EEUU aumentó, entre 2000 y 2006, de 4,8 billones de dólares a 9,5 billones de dólares.
De esos polvos vienen estos lodos

De la misma manera que en otros campos de la actividad social, las leyes de la dialéctica rigen y gobiernan la economía con asombroso rigor. Lo que ayer era fuente de prosperidad y crecimiento se convierte, de manera brusca y repentina, en causa de crisis y derrumbamiento económico. La gigantesca burbuja inmobiliaria alimentada tercamente durante una década y que ha producido miles de millonarios y multimillonarios en todo el mundo, incluido el Estado español, amenaza con acabar en un desastre.

La reducción de las ventas de viviendas y sus efectos inevitables en la contracción del mercado de la construcción se sentirán en toda la economía. El patrimonio de los norteamericanos se reducirá, obviamente, ante la caída de los precios del mercado inmobiliario y esto afectará al empleo y al consumo. Los temores de la onda expansiva no son para tomarlos a broma: según las cifras que maneja el sistema bancario norteamericano, un billón de dólares en ARM [siglas en inglés de Hipotecas de Tasa Ajustable] debe ser reajustado en 2007, por lo que se podría prever que millones de propietarios de casas, demasiado endeudados, no podrán pagar sus hipotecas.

Este endeudamiento hipotecario de la población estadounidense no es el único desequilibrio nocivo que sufre la economía norteamericana. De ser el mayor acreedor del mundo, los EEUU han pasado a convertirse en el mayor deudor del planeta (su deuda neta interna y externa es del 150% de su PIB), mientras la tasa de ahorro, es decir, las grasas acumuladas del sistema y que le confería estabilidad, son negativas: hecho insólito desde el crac de 1929.

Por otra parte, el déficit actual por cuenta corriente (la medida más amplia del comercio pues incluye no sólo el intercambio de bienes y servicios sino el flujo de inversiones entre países) asciende a 857.000 millones de dólares, equivalente al 6,5% del PIB estadounidense. Esto significa que EEUU debe atraer unos 70.000 millones de dólares al mes para financiar semejante deuda. Para mantener el chorro de dólares extranjeros, provenientes en su mayoría de los bancos centrales de China, Corea y Japón, la Reserva Federal tiene que aumentar los tipos de interés, lo que a su vez empeora la situación del mercado inmobiliario, encarece las hipotecas, frena el gasto de los consumidores y dificulta las inversiones productivas, afectando al crecimiento general.

Muchos economistas norteamericanos están asombrados por los paralelismos entre la situación actual y el período precedente a la Gran Depresión. Como en los años veinte la burbuja financiera se alimentó de la expansión de la deuda personal, y la adquisición de acciones se financiaba con préstamos bancarios. También en los años veinte, la brecha entre los más ricos y la inmensa mayoría de la población se agrandó espectacularmente: entre 1920 y 1929 el 75% de la población captó tan sólo un 45% de la renta nacional, mientras el 25% superior de la población recibió más de un 55%. También entre 1923 y 1929, la producción promedio de cada trabajador de la manufactura aumentó un 32%, mientras que en el mismo periodo los salarios sólo lo hicieron en un 8%. ¿Acaso no es esta la melodía que se toca actualmente en todo el mundo, incluso en un tono más agudo?
Sobreproducción
Una contracción seria de la economía norteamericana tendría efectos inmediatos en reducir las exportaciones asiáticas, afectando inmediatamente a las empresas manufactureras chinas, coreanas y japonesas. Por eso, los gobiernos de estos países siguen aceptando su papel de socios capitalistas y financian el déficit comercial y presupuestario de EEUU, pues de no hacerlo acelerarían la recesión de la economía norteamericana y, consecuentemente, de sus propias economías. Exactamente igual que en 1929, una recesión de la economía norteamericana puede tener efectos devastadores en la economía mundial.

Los indicadores de la crisis se están dejando sentir en muchos terrenos. Además de los señalados anteriormente, un indicio claro es la destrucción de empleo cualificado en los países capitalistas desarrollados. El sector de la automoción es un buen barómetro al respecto. Tan sólo este año, las previsiones de los tres grandes de Detroit (General Motors, Chrysler y Ford) pasan por suprimir 100.000 empleos en sus plantas de EEUU y Canadá. El objetivo obviamente es mantener la tasa de ganancia a través de la reducción de costes laborales, es decir, obtener más plusvalía absoluta y relativa de la fuerza de trabajo. Todo esto después de una ofensiva sin cuartel contra los salarios: los ingresos promedio de un obrero de la manufactura estadounidense es un 17% inferior a lo que ingresaba en 1972.

La crisis del sector de la automoción no es un detalle, indica que la sobreinversión ha llegado al corazón de la producción capitalista. Las ventas de coches alimentadas por los bajos tipos de interés en los últimos años también está llegando a sus límites. Aunque el mercado se pueda ampliar, como ha ocurrido en la última década, la competencia de las distintas industrias automovilísticas es feroz y no hay mercado para todas. La acumulación de capital choca con los límites objetivos de la sobreproducción que, inevitablemente, aflora precisamente en el pico del boom económico. Lo mismo se puede aplicar a otras ramas de la producción. A partir de ese momento comienza la espiral de caída en la tasa de beneficios, desinversiones, despidos masivos, cierre de fábricas, en definitiva, destrucción de fuerzas productivas.

A pesar de los intentos por ocultar esta realidad, el horizonte está lleno de sombrías perspectivas para la economía mundial que tendrán hondas repercusiones en la lucha de clases.

Opinión política: entre la ciencia y el chisme

Opinión política: entre la ciencia y el chisme

Marcelo Colussi

 

 

Nadie en su sano juicio, sin ser especialista en la materia en cuestión, osaría discutir en términos técnicos una decisión dada por un médico luego de una consulta, ni una formulación hecha por un ingeniero sobre la construcción de un puente. Nadie, tampoco, sin ser un químico de profesión rebatiría una explicación que nos puede dar un ingeniero químico sobre la composición de un alimento o sobre las propiedades del petróleo así como nadie, sin ser un profesor de física, discute y descalificaría las leyes de la termodinámica o la ley de la inercia.

Ante las formulaciones de las distintas ciencias existe un respeto casi sagrado. Desde que la moderna ciencia occidental consiguió su mayoría de edad en estos recién pasados siglos inaugurando el mundo de la industria y las tecnologías con que Europa y el capitalismo se extendieron por todo el globo, “la ciencia” pasó a ser venerada. Sin llegar a ser, en términos estrictos, un nuevo dios, de algún modo su peso en la cultura moderna no la distancia mucho de ese fervor con que cualquier religión adora a sus divinidades. La ciencia es el eje en torno al cual se construyó el nuevo mundo desde el Renacimiento europeo en adelante.

Desde las primeras formulaciones conceptuales de Copérnico y Galileo hace apenas unos 400 años en Europa, el desarrollo que tuvieron las distintas ciencias produjo un cambio tan espectacular en la historia de la humanidad que en ese breve lapso de tiempo se produjeron transformaciones más profundas que en todo el período transcurrido desde que nuestros ancestros descendieron de los árboles hace dos millones y medio de años hasta el siglo XVI. Es por ese potencial transformador tan monumental que las ciencias vinieron a entronizarse como la nueva deidad moderna. Las nuevas tecnologías a que han dado lugar, y que crecen con una velocidad exponencial vertiginosa, no dejan de cambiar el mundo en un proceso que pareciera no tener límites.

Junto al campo de las primeras investigaciones científicas en los siglos XVI, XVII y XVIII, ligadas al campo de la naturaleza (física, química, biología, genética, astronomía), para el siglo XIX y comienzos del XX surgen las ciencias de lo social (sociología, economía política, antropología, psicología, lingüística, semiótica). En ellas el nuevo objeto de estudio es más problemático, más “discutible” que en el campo de la naturaleza –está siempre de por medio lo subjetivo– así como sus efectos en el campo de la aplicación práctica; pero justamente, ante ello, buscan dotarse de metodologías que le den todo el rigor que presentan las ciencias naturales. Entrado el siglo XX también las ciencias sociales alcanzan su mayoría de edad. De todos modos, sigue habiendo –y probablemente lo habrá siempre– una diferencia insalvable entre los modelos de las ciencias de la naturaleza (ciencias “duras” llega a llamárselas) y el estudio de lo social, de lo humano (ciencias “suaves” o “blandas”, donde está mucho más implicada la subjetividad del investigador). Pero no obstante esa diferencia, ya nadie discutiría con seriedad la capacidad operativa real que también tienen las ciencias sociales: ¿alguien en su sano juicio podría negar la importancia de la psicología social en el diseño de campañas publicitarias? Es con esas verdades que se moldea la guerra de cuarta generación. ¿Podría rebatirse con fundamento que esta guerra psicológico-mediática no produce efectos? Las verdades de la economía política –aunque nos disgusten– son tan irrefutables como las de la física o la química. La oferta y la demanda tienen valor de leyes y actúan en la vida social con tanta regularidad como los aminoácidos o la ley de gravitación universal. Y hoy día ante un problema “espiritual”, aunque se sigue consultando al agente religioso del caso o apelando a cualquier práctica mágico-religiosa para su solución, también se cuenta con la psicología clínica como una opción fiable, la cual da respuestas cada vez más certeras y predecibles. ¿Cómo se prepara psicológicamente a los astronautas para un viaje de varios meses fuera de la Tierra o cómo se atiende un cuadro psicótico: prendiendo velas y sacrificando animales o dándole la palabra a un profesional de la salud mental?

En definitiva: las verdades que nos aportan las ciencias sociales son tan “científicas” como las de las ciencias duras. Pero sucede algo curioso: cuando se trata de cuestiones “políticas”, en el sentido más amplio de la palabra, siguen primando las opiniones sobre los saberes rigurosos.

Vemos como la actitud más común, más espontánea, más automática, la reacción visceral ante los problemas de índole político. Es más fácil que se apele a pareceres y opiniones que a verdades demostradas con metodología científica cuando se trata de una discusión en el ámbito político. Nadie “opinaría” según su parecer respecto a, por ejemplo, por qué caen las cosas al suelo, o por qué se producen los terremotos. Pero es práctica común que se “opine” –y se discuta acaloradamente– a partir de puros prejuicios cuando se trata, por ejemplo, el asunto de la pobreza, o de la homosexualidad o de la delincuencia. En general, no se discute una explicación que nos da un físico cuando explica un hecho de la vida natural, la fusión nuclear, por ejemplo, o el motivo por el que un avión puede vencer la ley de gravedad y levantar vuelo. Pero es de lo más común que se repita irreflexivamente, por ejemplo, que “los pobres son pobres…porque no quieren trabajar”, o que “los homosexuales son viciosos decadentes” o que “a los ladrones hay que matarlos a todos para terminar con el problema”. Y más aún: ese tipo de cuestiones genera discusiones acaloradas, pasionales, donde los argumentos en juego son siempre exposiciones de opiniones y nunca verdades sopesadas. ¿Por qué?

El campo que tratan las ciencias sociales es siempre mucho menos impersonal que aquél que abordan las ciencias de la naturaleza. Hablar de esos temas –la pobreza, la homosexualidad o la violencia– implica subjetivamente mucho más al sujeto que estudia, lo obliga a definirse en términos personales. Cosa que no sucede cuando el objeto en cuestión es una “cosa” más impersonal como un átomo o una montaña. Lo “político” sigue siendo –y seguirá siendo, inexorablemente– el ámbito donde el sujeto humano se desenvuelve, marcado por las limitaciones insalvables de nuestra condición: deseamos, somos finitos, estamos constituidos en flaquezas originarias, nos envuelve siempre el equívoco, las relaciones interhumanas son problemáticas. Por todo esos motivos, nuestras opiniones sobre nosotros mismos, sobre nuestras fantasías y nuestros límites, son demasiado evidentes, distintamente a como ocurre cuando tratamos problemas más “objetivos”, aquellos de los que hablan las ciencias de lo natural. Y si bien es cierto que las ciencias humanas han dado pasos gigantescos en el conocimiento de lo que somos como seres subjetivos –seres que vivimos siempre con un nivel de temor, con un fuerte componente irracional, movidos por pasiones “inconfesables”– no menos cierto es que saber esas verdades duele, asusta, incomoda. No incomoda saber acerca de cómo funcionan las células o cómo actúa la electricidad, pero sí “nos hace cosquillas” saber por qué deseamos, o cómo nos envuelve el afán de poderío. Llegar a decir que la historia está movida por una lucha a muerte entre clases sociales enfrentadas o que el psiquismo inconsciente rige nuestra vida cotidiana, por ejemplo, no deja de “incomodar”. Cosa que no produce una fórmula matemática que nos explica por qué se mueven los objetos, o por qué sopla el viento.

Por esos motivos es que cuando se trata de cuestiones “políticas” es más fácil, más tranquilizador en algún sentido, más económico, apelar al chisme, a la opinión banal y superficial que a las verdades sólidamente fundamentadas. Por otro lado, y como complemento a esa situación, para los poderes constituidos es más funcional dejar seguir ese estado de desconocimiento y promover la opinión simplista que la profundización con categorías científicas.

En ese sentido, entonces, promover el desarrollo de una actitud crítica en las cuestiones humanísticas, en la esfera social, en el campo de lo que son el objeto de estudio de las ciencias sociales, propiciar un pensamiento con base científica que se mueva con categorías de solidez y que supere la simple opinión, que trascienda al chisme en definitiva, es un paso revolucionario.

Recordando a Paulo Freire

Recordando a Paulo Freire

"La pedagogía de la liberación es más necesaria y urgente que nunca"
 
Rosa María Torres

El pasado 2 de mayo se cumplieron diez años de la desaparición física de Freire, el autor de "La educación como práctica de la libertad", "Pedagogía del oprimido" y "Pedagogía de la esperanza", entre otras obras. Textos de sustancial importancia para entender gran parte de los debates en torno a la educación en Latinoamérica en los últimos 40 años.

La autonomía, la democracia, el respeto del otro, y sobre todo la transformación social son rasgos de la obra de Freire que merecen hoy repensarse en el marco de los cambios en los sistemas educativos del sur continental.

Ejes que invitan también a pensar las demandas de la enseñanza desde los postulados de la "pedagogía de la liberación", que para el teólogo y educador brasileño Frei Betto "es más necesaria y urgente que nunca, porque tenemos gobiernos democráticos, pero no siempre están apoyados en la movilización popular".

Militante histórico de las comunidades eclesiales de base, y responsable durante los primeros años del gobierno de Lula del programa "Hambre Cero", Frei Betto es coautor junto con Freire de "Esa escuela llamada vida", texto coordinado por el periodista Ricardo Kotscho.

"El pernambucano Paulo Freire, y el minero Frei Betto —expresa Kotscho— iniciaron sus trabajos en épocas, circunstancias y lugares diferentes, pero en un determinado punto de sus trayectorias se encontraron y siguieron juntos, incluso sin conocerse personalmente, con los ojos puestos en un mismo horizonte: la liberación del pueblo brasileño y la educación".

Pero para Betto, y en consonancia con el pensamiento de su amigo Freire, los cambios educativos de la región colocan "demasiado énfasis en las nuevas tecnologías", mientras que por otro lado restringen el espacio "de los paradigmas, los valores, la ética".

—Una generación importante de maestros de Latinoamérica se formó con los textos de Paulo Freire. ¿Qué ideas de él son necesarias rescatar hoy, a 10 años de su fallecimiento?

—No temo en afirmar que no habría la actual primavera democrática en América latina sin Paulo Freire. Lula, (Hugo) Chávez y (Evo) Morales se explican también gracias a su metodología. Fue quien inculcó la autoestima en los oprimidos, enseñando que no hay nadie más culto que otro, sino que hay culturas distintas y socialmente complementarias. Hoy precisamos rescatar la pedagogía del oprimido e intensificar el trabajo de base. Es decir, la educación política de trabajadores, estudiantes, amas de casa, etcétera. Favorecer el empoderamiento popular. Y para eso nada mejor que el método de Paulo Freire.

—¿Cómo era la personalidad de Freire?

—Fui muy amigo de Paulo, éramos vecinos y trabajábamos con los mismos grupos populares. Publicamos juntos, gracias al periodista Ricardo Kotscho, el libro que reúne nuestras experiencias en educación popular: "Esa escuela llamada vida", editado en Brasil por la editorial Atica. Paulo era un hombre que sabía escuchar, pues partía del principio de que el oprimido sabe, más no siempre sabe que sabe, o no tiene conciencia del valor y la importancia de su saber. Paulo frecuentaba reuniones de comunidades eclesiales de base, de sindicatos, de movimientos populares, y siempre se cuidaba más de oír que de hablar. Era, no en sentido riguroso de la palabra, un pedagogo que provocaba la inteligencia ajena con sus preguntas e inquietudes.

—¿Qué espacio existe hoy en Latinoamérica para hablar de pedagogía de la liberación?

—Ella es más necesaria y urgente que nunca, porque tenemos gobiernos democráticos, pero no siempre están apoyados en la movilización popular. La gobernabilidad no puede depender apenas de una pierna de apoyo parlamentaria. Debe contar también con la otra pierna: los movimientos sociales. Sólo así pasaremos de la democracia representativa a la democracia participativa, de la virtual a la real. Por lo tanto, si los gobiernos populares no adoptan la pedagogía de la liberación corren el riesgo de quedar sin bases populares. Es el empoderamiento de la sociedad civil el que dará legitimidad y estabilidad a esos gobiernos.

—¿Cree que las reformas educativas que se realizan en varios países, como en la Argentina , Bolivia y Chile, cambian el modelo educativo neoliberal de los '90?

—Temo que se coloca demasiado énfasis en las nuevas tecnologías, en la educación tecnocientífica, restringiendo el espacio de los paradigmas, los valores, la ética. Sin humanismo tendremos una generación dotada de capacidad profesional pero sin corazón. La competencia habrá de prevalecer sobre la solidaridad y el capital sobre los derechos humanos. Y así iremos a la barbarie.

—¿Qué desafío tiene por delante la educación popular?

—Conseguir organizar a la sociedad civil, sobre todo los sectores populares, y movilizarla en función de "otro mundo posible".

La Globalización en retirada

La Globalización en retirada

Walden Bello

A comienzos de la década de 1990, se presumía que la globalización sería la ola del futuro. Hace quince años, los documentos de los pensadores globalistas como Kenichi Ohmae y Robert Reich celebraron el advenimiento del surgimiento del llamado mundo sin fronteras. El proceso por el cual las economías nacionales relativamente autónomas se transformarían en una economía global única funcionalmente integrada era pregonado como irreversible.

Y aquellos que se oponían a la globalización fueron descartados con desprecio como una encarnación moderna de los ludistas que destruían las máquinas durante la Revolución Industrial.

Quince años después, a pesar de las marcas de productos que se consumen en todo el mundo y el aprovisionamiento externo, lo que se entiende por economía internacional sigue siendo una colección de economías nacionales. Estas economías son interdependientes, pero los factores domésticos determinan todavía en gran medida su dinámica. La globalización, ha alcanzado su nivel más alto y comienza a retroceder.

Predicciones brillantes, resultados decepcionantes

Durante el apogeo de la globalización se nos dijo que las políticas de Estado ya no importaban y que las grandes compañías pronto dejarían pequeños a los Estados. En realidad, los Estados todavía importan. La Unión Europea, el gobierno estadounidense y el Estado chino, son actores económicos más fuertes hoy que hace una década. En China por ejemplo, las empresas transnacionales marchan al son que toca el Estado y no a la inversa.

Es más, las políticas de Estado que interfieren con el mercado para desarrollar estructuras industriales o proteger el empleo todavía hacen la diferencia. De hecho, a lo largo de los últimos diez años, las políticas de gobiernos intervencionistas han marcado la diferencia entre la prosperidad y la pobreza. La imposición de controles al capital en Malasia durante la crisis asiática entre 1997-98 evitó que este país sufriera un proceso traumático como el de Tailandia o Indonesia. Los controles estrictos al capital también protegieron y aislaron a China del colapso económico que devoró a sus vecinos.

Hace quince años nos dijeron que esperáramos el surgimiento de una elite capitalista transnacional que manejaría la economía mundial. Ciertamente, la globalización se transformó en la "gran estrategia" de la administración Clinton, que avizoraba a la elite estadounidense primera entre pares en una coalición mundial liderando el camino hacia un nuevo orden mundial. Ese proyecto está hoy hecho trizas. Durante el reinado de Bush, la facción nacionalista ha superado ampliamente a la facción transnacional de la elite económica. Los Estados de corte nacionalista están hoy compitiendo duramente, buscando que su propia economía se imponga sobre las otras.

Hace una década nacía la Organización Mundial del Comercio (OMC), sumándose al Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional (FMI) como uno de los pilares de la economía internacional en la era de la globalización. Con aire triunfalista, los funcionarios de los tres organismos se reunieron en Singapur durante la primera reunión ministerial de la OMC en diciembre de 1996, y definieron la tarea pendiente de la "gobernanza mundial" como el logro de la "coherencia" – es decir, la coordinación de las políticas neoliberales de las tres instituciones para asegurar la integración tecnocrática de la economía mundial, sin sobresaltos.

Pero ahora Sebastián Mallaby, el influyente comentarista pro-globalización del Washington Post, se queja de que "la liberalización del comercio se ha estancado, la cooperación para el desarrollo es menos coherente de lo que debería ser, y la próxima conflagración financiera será atendida por un bombero herido". En realidad, la situación es peor aún de como él la describe. El FMI está prácticamente difunto. Conscientes de que el Fondo precipitó y empeoró la crisis financiera asiática, más y más países en desarrollo se niegan a pedir prestado del Fondo o están pagando por adelantado, a la vez que algunos declaran su intención de no volver a pedirle al Fondo nunca más. Entre estos países se incluyen Tailandia, Indonesia, Brasil y Argentina. Como el presupuesto del Fondo depende en gran medida del pago de las amortizaciones de la deuda de estos grandes prestatarios, este boicot se traduce en lo que un experto describe como "una reducción inmensa del presupuesto del organismo".

El Banco Mundial parece gozar de mejor salud que el Fondo. Pero habiendo tenido un papel central en la debacle provocada por las políticas de ajuste estructural que dejó a la mayoría de los países en desarrollo y las economías en transición que las implementaron, con mayor pobreza, más desigualdades y en estado de recesión, también el Banco atraviesa una crisis de legitimidad. Para agravar las cosas, un panel de expertos oficiales de alto nivel encabezado por el ex economista en jefe del FMI Kenneth Rogoff descubrió recientemente que el Banco ha manipulado sistemáticamente sus datos para hacer prevalecer su posición pro-globalización y ocultar los efectos adversos de la globalización.

Donde la crisis es quizá más aguda es en la OMC. En julio pasado, la Ronda de negociaciones de Doha para una mayor liberalización del comercio llegó a su fin abruptamente cuando las conversaciones entre el llamado Grupo de los Seis se rompieron a raíz de la negativa de EEUU a recortar sus enormes subsidios a la agricultura. El economista pro-libre comercio estadounidense Fred Bergsten comparó una vez a la liberalización del comercio y la OMC con una bicicleta: se cae si no avanza. El colapso de la organización que uno de sus directores generales describió una vez como la "joya en la corona del multilateralismo" podría estar más cerca de lo que parece.

¿Por qué se estancó la globalización? ¿0 porque se vino a pique?

Primero. Se exageró el alcance de la globalización. El grueso de la producción y las ventas de la mayoría de las transnacionales sigue teniendo lugar dentro de su región de origen. Existe pocas compañías verdaderamente globales cuya producción y ventas están relativamente dispersas por igual en distintas regiones.

Segundo, en vez de haber forjado una respuesta común y cooperativa ante la crisis mundial de sobreproducción, estancamiento y ruina ambiental, las elites capitalistas nacionales han competido entre sí para lograr esquivar el peso del ajuste. La administración Bush por ejemplo, ha promovido una política de un dólar débil como forma de fomentar la recuperación y crecimiento de la economía estadounidense a costa de Europa y Japón. También se ha negado a firmar el Protocolo de Kioto para lograr que Europa y Japón deban absorber los mayores costos del ajuste ambiental mundial, y conseguir de esta forma que la industria estadounidense resulte comparativamente más competitiva. Los intereses capitalistas nacionales están preocupados fundamentalmente en no perder frente a sus rivales en el corto plazo.

Tercero, ha sido el efecto corrosivo del doble discurso desplegado descaradamente EEUU. Aun cuando la administración Clinton sí intentó encaminar a Estados Unidos hacia el libre comercio, la administración Bush, por el contrario, ha predicado hipócritamente el libre comercio y al mismo tiempo practica el proteccionismo.

Cuarto, ha habido una gran distancia entre la promesa de la globalización y el libre comercio y los resultados efectivos de las políticas neoliberales, que han sido más pobreza, desigualdades y recesión. Uno de los pocos lugares donde ha habido una disminución de la pobreza en los últimos 15 años es China. Pero fueron las políticas intervencionistas del Estado que controló las fuerzas del mercado, y no las prescripciones neoliberales, las responsables de haber sacado de la pobreza a 120 millones de chinos. La globalización del sector financiero tuvo lugar mucho más rápido que la globalización de la producción. Pero demostró ser la avanzada no de la prosperidad sino del caos. La crisis financiera asiática y el colapso de la economía argentina, constituyeron dos hitos decisivos en la revuelta de la realidad contra la teoría.

Otro factor que contribuye al quiebre del proyecto globalista deriva de su obsesión por el crecimiento económico. Por cierto, el crecimiento infinito es la médula de la globalización, el resorte central de su legitimidad. Si bien un informe reciente del Banco Mundial continúa –contra toda lógica—exaltando el crecimiento rápido como la clave para la expansión de la clase media en el mundo, el agotamiento inexorable del petróleo barato (peak oil) y otros eventos ambientales hacen que la población comience a tener claro que el ritmo y los patrones de crecimiento que acompañan a la globalización son una prescripción a toda prueba para alcanzar un Armagedón ecológico.

El último factor, que no debe subestimarse, es la resistencia popular a la globalización. Las batallas de Seattle en 1999, Praga en 2000 y Génova en 2001; la marcha masiva contra la Guerra realizada en todo el mundo el 15 de febrero de 2003, cuando el movimiento anti-globalización se metamorfizó en movimiento mundial contra la guerra, el fracaso de la reunión ministerial de la OMC en Cancún en 2003 y el casi fracaso de Hong Kong en 2005; el rechazo de los pueblos de Francia y Holanda a la Constitución Europea favorable a la globalización neoliberal en 2005 –fueron todos ellos encrucijadas claves de la lucha mundial que ha hecho retroceder al proyecto neoliberal. Pero estos eventos de alto perfil no han sido más que la punta del iceberg, la suma de multitud de luchas contra el neoliberalismo y la globalización en miles de comunidades en todo el mundo, en las que han participado millones de campesinos, trabajadores, estudiantes, pueblos indígenas y muchos sectores de la clase media.

Postrada pero no vencida

A pesar del descrédito, muchas políticas neoliberales continúan aplicándose en muchas economías ante la falta de alternativas creíbles a los ojos de los tecnócratas. Ante el panorama de estancamiento en la OMC, las grandes potencias comerciales están haciendo hincapié en los tratados de libre comercio (TLC) y los acuerdos de asociación económica con los países en desarrollo. Estos tratados y acuerdos son de muchas maneras más peligrosos que las negociaciones multilaterales de la OMC, ya que a menudo exigen mayores concesiones en términos de acceso a los mercados y una aplicación más estricta de los derechos de propiedad intelectual.

Sin embargo, ya no todo es tan fácil para las grandes empresas y las potencias comerciales. Los neoliberales doctrinarios están siendo relevados de cargos importantes, dando paso a tecnócratas pragmáticos que a menudo subvierten las políticas neoliberales en la práctica, presionados por los movimientos populares. En el caso de los TLC, el Sur global está comenzando a darse cuenta de los peligros que implican y comienza a oponerles resistencia. Gobiernos clave de América del Sur, bajo la presión de sus ciudadanos, descarrilaron el Acuerdo de Libre Comercio de las Américas , el gran plan de Bush para el continente americano.

Asimismo, una de las razones por las cuales mucha gente resistió al Primer Ministro Thaksin Shinawatra en los meses que precedieron al reciente golpe de Estado en Tailandia fue su afán por concluir un TLC con EEUU. Por cierto, en enero de este año cerca de 10.000 manifestantes intentaron tomar por asalto el edificio de Chiang Mai, en Tailandia, donde funcionarios de los gobiernos de EEUU y Tailandia negociaban el tratado. El gobierno que sucedió a Thaksin ha suspendido la negociación del TLC entre EEUU y Tailandia, y el éxito de los tailandeses ha inspirado a los movimientos que en todas partes del mundo buscan frenar la firma de los TLC.

El retroceso de la globalización neoliberal es más marcado en Latinoamérica. Bolivia, país que ha sido explotado durante mucho tiempo por los gigantes extranjeros del sector energético, ha nacionalizado sus recursos energéticos bajo la presidencia de Evo Morales. Néstor Kirchner de Argentina ha dado el ejemplo de cómo los gobiernos de los países en desarrollo pueden enfrentar al capital financiero, al forzar a los tenedores de bonos del Norte a aceptar solamente 25 centavos por cada dólar que les adeudaba Argentina. Hugo Chávez ha lanzado un ambicioso plan para la integración regional, la Alternativa Bolivariana para las Américas (ALBA), un proyecto fundado en la cooperación económica genuina en lugar que en el libre comercio, y en el cual las transnacionales del Norte tienen muy poca o ninguna participación, y que está orientado por lo que el propio Chávez describe como una "lógica más allá del capitalismo"

La globalización en perspectiva

Hoy en día, la globalización no parece haber sido una nueva fase superior del desarrollo del capitalismo sino una respuesta a la crisis estructural subyacente a este sistema de producción. Quince años después de que fuera proclamada como la ola del futuro, menos que una "nueva fase exitosa" de la aventura capitalista, la globalización parece haber sido un esfuerzo desesperado del capital mundial para escapar de la recesión y el desequilibrio en que se sumió la economía mundial en las décadas de 1970 y 1980. El colapso de los regímenes socialistas centralizados en Europa Central y del Este distrajo la atención de la gente de esta realidad al comenzar la década de 1990.

Mucha gente de los círculos progresistas todavía piensa que la tarea del momento es "humanizar" la globalización; sin embargo, la globalización es una fuerza desgastada. La multiplicación de los conflictos económicos y políticos de la actualidad se parece, en todo caso, al período posterior al fin de lo que los historiadores llaman la primera era de la globalización, que se extendió desde 1815 a la irrupción de la Primera Guerra Mundial en 1914. La tarea urgente no es timonear a la globalización comandada por las transnacionales hacia una orientación "social demócrata", sino administrar su retirada para que no traiga el mismo caos y los mismos conflictos que caracterizaron su ocaso en aquella primera era.